Por África Vazquez, Art director – Graphic designer – Fashion Photographer.
De niña, Fedra era para mí la mala del cuento.
Soy de Mérida y no recuerdo quién me contó la historia. Aquí estas cosas ya están cuando llegas. Solo me quedé con lo esencial: hubo una reina que se enamoró del hijo de su marido, él la rechazó, ella lo acusó de haberla forzado y él murió por esa mentira. Con eso me bastaba. La madrastra, la que miente, la que lo estropea todo.
Hipólito me daba pena. El chico decente al que matan por no querer acostarse con nadie.
Llevaba años sin darle una vuelta a este reparto de roles.
Lo que el mito cuenta y yo no había leído
En el Hipólito de Eurípides, la obra empieza con Afrodita explicando en voz alta lo que va a hacer. Hipólito la desprecia. Solo honra a Ártemis, la diosa virgen. Así que Afrodita ha decidido castigarlo.
El método que elige es este: hacer que Fedra (su madrastra) se enamore de él.
Conviene leerlo dos veces. La ofensa es de Hipólito. El deseo lo sufre Fedra. Ella no ha hecho nada, no ha ofendido a nadie, no ha elegido nada. Es el arma. Y también es la primera que muere.
Nadie me contó que aquel deseo no era suyo. Que se lo puso encima una diosa y que, por mucho que ella quisiera, no había forma de quitárselo. Me contaron el final, que es donde queda mal.
Revisión del juicio
Este agosto fui a ver Fedra en los infiernos a la 72ª edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, en Extremadura. Fui con mi madre, como siempre, como desde pequeña. Y esta vez empecé a entender la historia de otra manera.
El montaje rompe la cuarta pared. Fedra se dirige al público y habla de su propia situación. Repasa su caso. Se defiende. Discute su condena. No es una reina lamentándose dentro de un palacio, es alguien explicándole a tres mil personas por qué su juicio estuvo mal hecho.
Lydia Bosch lo hace increíblemente bien. Es su vuelta al teatro después de treinta y siete años y sostiene ella sola esa conversación con la grada.
Y lo que quiere es muy concreto. Cambiar dos cosas: su suicidio y la muerte de Hipólito. Para eso negocia con las Moiras, las tres hermanas que en la tradición griega hilan, miden y cortan el hilo de cada vida, y cuyas decisiones no revoca ni Zeus.
Fedra no suplica a un juez con margen de maniobra. Pide cita con lo irreversible.
No voy a contar cómo termina. Solo diré que la obra se toma la pregunta en serio y no la resuelve con un truco.
Lo que me llevé a casa fue otra cosa, y es algo que no había entendido hasta esa noche. La tragedia no va de que a alguien le salgan mal las cosas. Va de cuánto margen tiene de verdad una persona para hacerlas de otra manera. Esa pregunta no se queda en el escenario.
Esto lo estamos haciendo todo el rato
Al llegar a casa caí en que llevo años viendo esta misma operación en todas partes sin llamarla por su nombre.
En el cine y en el teatro se ha vuelto casi un género: coger a la mala de una historia conocida y contarla desde dentro. Le pasó a la Bruja del Oeste en Wicked, a la villana de La bella durmiente en Maléfica. Con los mitos griegos está sucediendo lo mismo. Margaret Atwood le dio la voz a Penélope en Penélope y las doce criadas. Madeline Miller se la dio a Circe. Este mismo año el festival programaba una Penélope.
Y en publicidad, que es de lo que vivo, es una técnica de manual. En junio de 2014 Always lanzó una campaña que se llamaba «Like a Girl», dirigida por Lauren Greenfield para la agencia Leo Burnett. No inventaron nada. Cogieron una frase que se usa como insulto, correr como una niña, y pusieron delante de la cámara a niñas que todavía no sabían que era un insulto. Los mismos hechos, otro encuadre, otra conclusión.
Yo tomo esa clase de decisiones a diario, a mucha menor escala: qué frase va primero y de qué tamaño. Nunca lo había pensado como lo que es. Elegir por dónde empieza una historia es elegir quién sale bien y quién sale mal en ella.
Estaba a la vista desde el principio
Lo que más me sorprende no es haberme equivocado. Es que el dato estuvo siempre ahí. Eurípides lo puso en la primera escena de su obra, en el año 428 antes de Cristo. No hay que descubrir nada nuevo. Hay que leer el principio.
Lo que ha cambiado no es la información, es la disposición a mirarla. Hoy hacemos preguntas que antes no se hacían en voz alta. De quién era ese deseo. Quién lo puso ahí. Quién paga por una ofensa que cometió otro.
Y esa disposición tiene nombre. Si hoy leo a Fedra de otra manera es gracias al feminismo, que lleva décadas haciendo una pregunta sencilla ante cada historia: quién la cuenta, y a quién le toca ser la mala.
Hay que reconocerle algo a la tragedia griega. Dio a las mujeres papeles enormes. Antígona, Medea o Hécuba sostienen obras enteras y no son personajes planos. Pero tener un gran papel no es lo mismo que recibir un trato justo, y varias de esas obras siguen dejando a la mujer en el sitio de la culpable. Y luego vienen los resúmenes, que recortan el porqué y dejan el qué.
En los relatos más antiguos las mujeres aparecen una y otra vez en el mismo lugar. Son el castigo, el botín, la trampa o el precio que paga otro. No es que nadie lo hubiera escrito. Es que durante siglos casi nadie lo señaló.
¿Qué culpa tenía Fedra de un castigo que no era suyo?
Con esas preguntas sobre la mesa, Fedra deja de ser la mala del cuento. Es una mujer arrasada por un castigo que ni siquiera iba dirigido a ella.
Miente, sí, y un chico muere. No lo borro. Pero fue el arma, no la mano.
Saliendo del teatro pensé que yo también fui una de las que la condenó. De niña, sin saber nada, solo porque el cuento me lo habían contado así.
