Por Sofía Rivas-Micoud, Visual Designer y Directora de Arte en MZ. Graduada en Bellas Artes. Deportista de Alto Rendimiento.
Cuando empezamos un trabajo nuevo, lo hacemos muy motivados, con ganas de aprender y de dar lo máximo de nosotros mismos para aportar a la empresa y a nuestro trabajo. Pero, pasado un tiempo, cuando todo se vuelve monótono, esa ilusión desaparece. Aun así, sigues al pie del cañón, trabajando para demostrar tu valía, pero ya no por motivación, sino, muchas veces, por recompensa.
En esta vida parece que todo se hace por dinero. A veces no se sabe realmente si lo que nos gusta de nuestro trabajo es lo que se hace o lo que se gana.
Y más viniendo del mundo de la publicidad, donde todo se mide: los resultados, las campañas, las métricas, la rentabilidad. Vivimos analizando constantemente qué funciona y qué no, todo para, al final, monetizar más.
Dentro de ese mundo en el que vivo, al salir de la ofi yo me voy a jugar al voleibol. A entrenar dos horas al día, tres días a la semana. Y luego los fines de semana, a competir.
Mucha gente me pregunta: “¿Pero te pagan?” cuando ven que le dedico tantas horas.
Parece que si haces las cosas por pasión y no por dinero estás perdiendo el tiempo.
No, no me pagan, y no, no pienso que pierda el tiempo.
Y eso que en esto pasa igual que con el trabajo. Empiezas la liga muy motivada, pero una vez se convierte en rutina, cansa. Porque sí, claro, hay días que después de una jornada larga en la oficina no me apetece ir al pabellón a entrenar dos horas. Me apetece tumbarme en el sofá y ver la tele sin pensar, o ir a tomarme unas cervezas con mis amigos.
Pero voy a entrenar.
Y no por dinero ni por ganas, sino por el compromiso que tengo con mi equipo.
Ahí está la diferencia entre motivación y compromiso.
El voleibol me ha enseñado lo que es comprometerse de verdad. Lo que es adaptarse cuando las cosas no salen como esperas. Lo que es convivir con la presión y aprender a gestionarla. Lo que significa trabajar en equipo, confiar en tus compañeros y también en ti misma.
Todo eso luego me lo llevo conmigo a mi asiento en la oficina y también a mi vida.
Y quizá por eso el voleibol ocupa un lugar tan importante en mi vida.
En un entorno creativo donde muchas veces sentimos la necesidad constante de estar haciendo más, de convertir nuestros hobbies en portfolio, tener algo completamente ajeno al trabajo se vuelve casi necesario.
Porque fuera de la oficina, también soy una persona que está constantemente haciendo cosas para sentirme productiva: aprendiendo nuevas herramientas, haciendo nuevos diseños, dibujando… Porque me gusta, sí, pero también porque hay una parte de mí que lo considera “útil” para mi trayectoria laboral.
El voleibol es lo único que no tiene nada que ver con mi trabajo y que hago simplemente porque me encanta.
El deporte no me va a dar dinero, pero me da algo que muchas veces el trabajo no puede darme: equilibrio, desconexión y una versión de mí misma que no siente la necesidad de ser productiva todo el tiempo.
Y quizá eso, hoy en día, es más valioso que nunca.