Por Nerea Collado, ejecutiva de cuentas y social media specialist en MZ. En mi vida pre-pandemia fui maquilladora profesional para producciones de cine y televisión.
Cambiar de profesión da miedo. No suele decirse así, pero es la verdad. Implica reconocer que algo que te ha acompañado durante años quizá ya no te representa del todo. En mi caso, ese cambio llegó después de haber trabajado como maquilladora profesional en producciones de cine y televisión. Un mundo creativo, intenso y muy ligado a la imagen, donde aprendí a observar a las personas muy de cerca: sus gestos, sus inseguridades, su manera de mirarse y de mostrarse ante los demás.
Durante mucho tiempo ese fue mi lugar. Hasta que dejó de serlo. La pandemia fue un punto de inflexión que me obligó a parar y preguntarme qué quería hacer realmente. Dar el paso hacia la publicidad no fue una decisión cómoda ni inmediata. Supuso volver a estudiar, empezar desde cero y aceptar la incertidumbre. Pero también fue un acto de valentía. No una valentía épica, sino una más silenciosa: la de escucharte y atreverte a cambiar. “Aún recuerdo el día que llamé a MZ para pedir mis prácticas, y me dijeron que fuera al día siguiente a hacer la entrevista. No se me olvidará nunca que fui con mi madre, porque acababa de sacarme el carné de conducir (y todavía me daba respeto ir sola). Después de una entrevista maravillosa, me preguntaron cuándo podía empezar… y ahí comenzó mi gran cambio”.
Hoy trabajo en redes sociales, un entorno tan exigente como estimulante, donde la publicidad ya no observa la vida desde fuera, sino que se mezcla con ella. Aquí entendí que la valentía no se queda solo en cambiar de profesión. También aparece cuando decides no repetir fórmulas por inercia, cuando te cuestionas discursos que siempre han funcionado y cuando te preguntas si lo que estás haciendo aporta algo real. Y, muchas veces, esa valentía empieza por mirarte a ti misma y reconocer que tú tampoco quieres comunicar de la misma manera que siempre se ha hecho.
La publicidad ha estado presente en mi vida desde siempre. Recuerdo los anuncios que acompañaban a los dibujos en la televisión, los jingles que se quedaban grabados y las campañas que formaban parte de una cultura compartida. Con el tiempo empecé a ver su impacto más profundo. No solo vende productos: construye relatos, fija referentes y condiciona la forma en la que nos miramos.
Por eso creo que también hace falta valentía para cambiar el discurso de una marca. Para dejar de hablar solo de beneficios y empezar a hablar de personas. Dove lo hizo cuando decidió cuestionar los estándares de belleza y poner la autoestima en el centro. IKEA lo hace cuando propone menos consumo y más presencia, invitándonos a estar de verdad con quienes queremos. Vitakraft lo demuestra al hablar de las mascotas como lo que muchas personas ya sienten que son: parte de la familia.
Desde la agencia, esa valentía se vuelve aún más necesaria. Hace falta para proponer caminos distintos, para defender ideas que no buscan únicamente vender más, sino decir algo relevante. Para apostar por campañas que conecten con la vida real, aunque no siempre sean las más cómodas o previsibles.
Para mí, la publicidad empieza a ir más allá de la venta cuando se atreve a hacer eso: observar, escuchar y tomar posición. Cuando deja de apoyarse en discursos seguros y se arriesga a construir mensajes honestos, humanos y coherentes. Porque tanto en la vida como en las marcas, conectar de verdad siempre implica un pequeño salto al vacío. Y eso, al final, también es valentía.

